Arabia

Arabia

Cuando me senté en el avión que me llevaría a Abu Dhabi, lo único que pasaba por mi cabeza era “please don’t fall in love with the place.” A penas me bajé del avión supe que era muy tarde. Mi amor por Arabia había empezado ya en Estambul.
Pasar por Estambul nunca fue parte del plan, pero se dio que quiero conocer lo que más pueda así que cuando vi que el vuelo más barato desde Madrid, pasaba 12 horas por Turquía (y además tenía el puesto número 1 por mejor comida), solo lo compré.

Llegué a las 5 AM muerta de sueño pero muy ansiosa por conocer así que ni me senté a esperar a que saliera el sol.

Empecé a preguntar sobre un tour gratis que hacían para la gente con vuelos que paran harto rato ahí, pero entre confusión por el idioma, como que se frustraban y enojaban y no me ayudaban. Así que decidí salir no más.

Al principio me abrumé y asusté un poco pensando en los peligros de estar en un lugar con cultura totalmente diferente, donde hablaban un idioma que no entendía, y donde pocos hablaban inglés. Pero son cosas que inevitablemente iba a pensar así que no le dí importancia.

Salí del aeropuerto a las 6:30, después de mucho rato tratando de cachar como jaja. Me subí al Ataturk Airport metro hasta Zeytinburnu y ahí tomé el Sultnahmet Tram para llegar a Sultanahmet que es el lugar donde estaban los imperdibles: Hagia Sophia a la izquierda y el Blue Mosque a la derecha.

Caminé un rato entre una y la otra viendo a cual quería entrar y de repente vi a lo lejos y en una bajada, el mar. Tenía que llegar al mar así que empecé a bajar por unos caminitos preciosos, calles con un piso que parecía hecho de ladrillos, llenas de construcciones antigüas, hasta que llegué a una carretera. Al otro lado estaba el mar. Antes del mar había una vereda y entre los dos, rocas donde se ponían los pescadores.

En las piedras, no había ninguna sola mujer, algo que me hubiese esperado de un país como Turquía, pero que igual fue un shock cultural. Habían hasta amigos haciendo picnic mientras pescaban, pero ninguna mujer.

Después, volví a subir y como el Grand Bazaar estaba cerrado por ser domingo, encontré otro bazaar supuestamente más barato que tenía lo mismo. Tiendas y tiendas de turkish delights, un dulce como de jalea con nuts delicioso, frutos secos, miles de especias, pañuelos, alfombras y lámparas. Tiendas a las que uno entra y ya tratan de venderte el alma, saludándote y preguntándote de tu vida mientras te cuentan la maravilla de productos que venden. Tiendas en que si miras algo te estás comprometiendo a comprarlo. Cuando vi unas fundas de almohada que me gustaban, el vendedor las metió en una bolsa y me dijo que me iba a estar esperando para comprarla. No pressure, really.

Los comerciantes son comerciantes.

Seguí subiendo y me metí al Blue Mosque. Por dentro era alucinante, aunque estaba lleno de turistas, pero fue mi primer encuentro real con el Islam. Para entrar había que sacarse los zapatos y en caso de ser mujer, taparse la cabeza, y hombros.

La mezquita era hermosa, iluminada con miles de luces, y cubierta por una alfombra roja gigante que era del porte de la mezquita. Uno miraba para arriba y veía miles de luces colgando de cables desde el techo. Cuando fui a la Sagrada Familia en Barcelona me acuerdo lo impresionante que fue verla por fuera. Esa misma impresión por algo monumental y tan cargado de historia sentí a dentro de la mezquita.

Todos mis prejuicios del Islam se fueron terminando al final del día. Antes hubiera pensado que por el solo hecho de que las mujeres tuvieran que taparse por respeto para entrar era un signo de opresión. Sin embargo, a penas me puse mi pañuelo en la cabeza no me lo saqué más. Me sentí tan cómoda y parte de la cultura con el pañuelo que dejé de tenerle rabia. De a poco me fui dando cuenta que muchas de las mujeres se lo ponen por sus propias creencias y no la de los hombres. A dentro de la mezquita me di cuenta de lo fuerte que es el Islam para los musulmanes. Me encantó la fuerza de sus creencias, que su convicción fuera tan fuerte que los traía a la mezquita 5 veces al día y les permitía ayunar por 30 días hasta que se pone el sol para Ramadan.
Lo que me gustó del Islam no fue la religión si no, ver a la gente practicarla y creer con los ojos cerrados en ella. Me gustó que hasta en el aeropuerto había una mezquita. Me gustó ver fe en carne y hueso. Me recordó, o me hizo darme cuenta que para soñar también hay que tener fe. Que la fe no es algo patético que usan las personas para sentirse mejor. Que la fe es algo que uno sabe y cree porque simplemente es así.

El próximo panorama fue encontrar un restaurant rico, barato y choro para probar un kebab y un puesto donde vendieran castañas de cajú más barato de lo normal. Encontré un lugar barato y choro pero de rico nada. Me fui de Estambul odiando el kebab (hasta que probé una versión rica en Rotterdam). Al menos conseguí castañas.

Terminé con 4 liras y necesitaba 8 para tomar un tram y después el metro, pero como no tenía decidí caminar la distancia que iba a recorrer en tram. Seguí las líneas del tram hasta Emniyet por unas 2 horas, como un zombie por no haber dormido.

Mientras más me alejaba de Sultanahmet, más pobreza veía. Atrás de todos los restaurantes y tiendas se veía la sobre población de Estambul, con edificios en absolutamente todas partes. Si mirabas, los edificios eran interminables, y tantos que las calles eran angostísimas. Había mucha basura, restos de construcción y gatos. Gatos en todas partes. También habían mezquitas casi en cada cuadra, cada una alucinante, como mini Blue Mosques. Tenía que entrar a una sin turistas así que entré y de nuevo me encanté con la gente que practicaba su religión de manera tan sagrada.

En el aeropuerto me senté a hablar con una musulmana de Saudi Arabia que me habló de su vida, sus creencias, Saudi Arabia y sus viajes. Me enseñó algunos pensamientos del Islam y me dio un estuche de Egipto para que no la olvidara. Cuando me iba me dijo “Masha Allah, this is what we tell people made by God,” y nos abrazamos.

Después, le hablé a otra musulmana de Pakistan que vivía en Inglaterra. Ella usaba un Niqab, lo único que se le veía eran los ojos. Le pregunté algo que siempre me había preguntado, como puedes usar tu niqab en lugares tan calurosos como el desierto a lo que me respondió “I believe in Islam, in Islam we believe in hell, hell is hot, the desert is not hot” (creo en el islam, en el islam creemos en el infierno, el infierno es caluroso, el desierto no). Con eso, el Mundo del Islam terminó de capturarme.

Despegó mi vuelo a Abu Dhabi y cuando llegué ya estaba enamorada del lugar.

En control de visa y pasaporte vi a los primeros árabes vestidos con túnicas blancas, chalas y un pañuelo en la cabeza. Me encantó.

Cuando salí del aeropuerto a las 4 am, tuve la suerte de que había una Vietnamita budista que también tomaba el bus y me dijo como acercarme a Sadiyat Island para no pagar un taxi tan caro. En el bus me contó de su vida y religión. Antes de bajarse, le dijo al chofer del bus donde me tenía que bajar, la última parada. Wow, en la parada, él se bajó del bus y me buscó un taxi el mismo sin que le pidiera. Good soul.

A parte de encantarme con la gente, me encanté con la seguridad que sentí a esas horas de la noche en un lugar tan remoto para mí. En Abu Dhabi no me hubiese dado miedo caminar sola a esa hora. Sin duda, es el lugar más seguro en el que he estado y nunca había valorado tanto el poder sentirse tranquila por la seguridad.

Me impactó saber que solo un 15% de los abudabiños eran actually Emiratis, y que el resto eran extranjeros, muchos del sudeste asiático, Marruecos, Pakistan, Ghana y muchos otros países. Muchos se venían sin sus familias para mandarles plata. La mayoría se dedica a trabajos de servicio, trabajan en hoteles, de taxistas, venden alfombras en los suks, venden plantas… Era triste saber que se separaban de sus familias y los veían muy poco, pero se notaba que sabían que era la mejor opción y que se sentían útiles y por ende bien. Cada persona con la que hablé tenía algo que enseñarme o contarme de la vida.

En Abu Dhabi descubrí que el saber de otras culturas y las experiencias de otra gente no era solo algo que me intrigaba, si no una pasión.

Conociendo a musulmanes, hablándoles y preguntándoles se me fueron todos los prejuicios.

Published byColomba Dumay Neder

My name is Colomba and I was born in Santiago, Chile. Although I love Chile for its landscapes and for hosting my roots, I will always have the urge to get away and discover the rest of the world. Accompanied by photography, I will be showing what I see, and creating beauty to my eyes. I will be writing exactly what comes out of my conscience because to me it makes sense, and hopefully it will to you too. I'll try my best to explain what I mean, because if I am sure of what I'm trying to say, I can for sure convey it. This blog will be about my journey (physical and spiritual) through life.